El fin del fin de la Tierra

viernes, 19 de noviembre de 2021

 





     Conocido por su mirada inquieta y su pluma afilada, Jonathan Franzen se ha ganado un puesto entre los ensayistas y novelistas estadounidenses más reconocidos. El fin del fin de la Tierra se presenta como una compilación de ensayos breves  escogidos por el mismo autor lo que la hace propicia para acercarse a su prosa y conocer más de su universo ideológico. 
     Sin embargo, resulta complicado ser justa con el autor de Las confesiones en esta ocasión. Si bien la calidad de la prosa es indiscutible el libro conecta con el lector  creo que a un ensayo bien se le puede pedir más. De un ecologista como Franzen esperaba una compilación de ensayos que se mostrasen inflexibles y que motivasen a la acción, pero nada más alejado de lo que uno se encuentra aquí.
 
     El primer punto a tener en cuenta es que para Franzen ya no hay nada que salvar. Todo está perdido en el mundo, y aquellos que siguen lidiando contra el cambio climático están luchando contra una esperanza vana: las cartas ganadoras estaban sobre la mesa hace mucho y nosotros aún seguimos debatiendo con qué baraja jugar. 
 
     Esta línea de pensamiento está presente en la mayor parte del libro. Todos sus relatos de viajes tienen un denominador común: la pérdida biológica y la preservación de las aves a través de una acción localizada contundente. Para Franzen, el individuo aislado no puede hacer un cambio significativo a nivel global, pero sí es posible llevar a cabo cambios contundentes y profundos a nivel local.

 

«Cogemos el vaso de cartón, nos bebemos su contenido, tiramos el vaso. En Estados Unidos, cada minuto se tiran treinta mil vasos de cartón. Lejos de allí, al otro lado de la línea del ecuador, la selva tropical atlántica del Brasil ha sido arrasada para instalar vastas plantaciones de eucaliptos que surten de pulpa a las fábricas del mundo (...).  Bastante complicada es ya tu vida sin cargar todo el día con un vaso reutilizable a cuestas. Y aunque cargaras con él (...), ¿qué va a cambiar por los 0.00015 vasos desechables de Starbucks que tiras tú cada minuto?»

 

     Así, en “Salva lo que amas”, cita algunas estrategias para reforestar las laderas andinas e implementar maneras de coexistencia de los indígenas con el medio. En "Ojalá tengas una vida horrible", relata de manera detallada y terrible cómo la Albania poscomunista está diezmando de manera absurda la población de aves cantoras (y casi de todo lo que vuela) acompañado en este peregrinaje de Egipto, donde también se cazan de manera cruenta millones de ejemplares. En "Echar en falta", pone de manifiesto cómo en Jamaica el desconocimiento de la población por su riqueza medioambiental  sumado al turismo de masas, está diezmando la población de especies autóctonas. En "Pérdida invisible" detalla cómo estamos perdiendo a millones de aves marinas, invisibles, que podrían sobrevivir con apenas unos pequeños ajustes en nuestro modo de consumo.

«Sólo les interesa el dinero fácil. Si capturas ilegalmente un loro sacas menos de cien dólares: ese loro tiene mucho más valor si lo dejas en el bosque y traes visitantes a verlo, pero los furtivos son capaces de derribar árboles enteros para llegar al nido, y eso es terrible para la población de loros porque éstos realmente dependen de los bosques viejos donde hay huecos naturales donde construir sus nidos. Con las tortugas marinas ocurre lo mismo: ¿para qué matar a una hembra que se acerca a desovar cientos de huevos? Otro tanto con las langostas: ¿por qué matan a las hembras preñadas?»


     Sin embargo, al adoptar este enfoque derrotista (dejo a otro juzgar si tiene o no razón en su planteamiento), el libro falla estrepitosamente. El autor se limita a presentarnos un escenario en el que él parece ajeno, donde nos presenta una fotografía sin ningún tipo de conclusión, y donde nos arrastra de una manera desviada y confusa.

 


     Quizá ésta sea la parte que más me molestó del libro, la manera zigzagueante de tratar la mayoría de los ensayos. La prosa salva esta cuestión en tanto que uno se deja arrastrar de la mano por Franzen a donde quiera que nos lleve, pero uno no sabe realmente cuando empieza a dónde nos quiere llevar. La mayor parte de las veces nos ha tenido dando tumbos, enseñándonos su afición casi compulsiva a hacer listas de aves y hablándonos de sus viajes para no ofrecernos mucho más. 

      Después de saltar del Ngorongoro a la Antártida, a casa de sus padres y de sus tíos y nuevamente a sus viajes de lujo, a uno no le queda muy claro qué intenta transmitir (en “Postales de África” juraría que nada, sólo contarnos que un día descubrió un pingüino emperador). Otros ensayos, como “Ojalá que tengas una vida horrible”, sí nos llevan a escenarios significativos donde, como decía, nos habla de acciones localizadas a llevar a cabo, pero que no concluyen igualmente en nada. 
 

     La falta de conclusión — y la nula presencia de una reflexión al respecto de las catástrofes ecológicas que nos presenta—, hace que se conviertan en un escrito demasiado fácil y desapasionado. La constante presencia de su desmedida pasión ornitológica dota cierto color al conjunto, pero creo que es difícilmente excitante a aquellos a quienes el avistamiento de aves nos es ajeno. 

     Entiendo, por una parte, que para Franzen la ornitología y sus listas son el colofón a su planteamiento ecológico: conocer aquello que debemos salvar, apreciarlo para ayudar localmente a preservarlo. Creo que, en este punto, “Pérdidas invisibles” evidencia el drama de encogernos de hombros ante algo que no conocemos, o que parece quedarnos remoto. Pero ante determinadas afirmaciones (“Postales de África”) acaba patinando: si bien coincido con él en que hay algo problemático en la gente que sólo viaja para poner un tachón en una lista, que viaja sólo por alguna suerte de competición contra uno mismo para demostrarse algo antes de morir, afirmar que la única manera verdadera de viajar es mediante el avistamiento de aves es absurdo. 

 

«Para el amante de los mamíferos, una cría de elefante en un zoo bien diseñado no es menos adorable que una cría de elefante en un parque natural africano; el único valor añadido por el parque es que las hierbas que arranca el elefante son suyas, que se comporta como quien corre el riesgo de que lo ataquen los leones y que los límites del parque quedan tan lejos que no los vemos. Encerrar un pájaro en una pajarera, en cambio, le niega su misma esencia: un águila no es nada si no puedes ver cómo alza el vuelo. Para experimentar los pájaros africanos tienes que ir a África».


     De igual modo creo que algunas de sus críticas son - cuanto menos - incoherentes. Que un escritor que ha vendido cerca de 3 millones de ejemplares afirme que no puede sentir afinidad por Edith Wharton porque vivía acomodada (“contaba al menos con una desventaja que podría redimirla: no era guapa” (sic)) me parece de una simpleza y de una doble moral cuanto menos interesante, y me hace pensar en el autor como un completo beatnik posmoderno, como alguien que vive como un flâneur aviar y hace viajes de 22.000 dólares (mientras llama plutócratas a quienes hacen esos viajes) y afirma ir contracorriente y ser antisistema. 



 
            MIS IMPRESIONES
 
            Aunque no coincidas con las opiniones de Franzen, el libro es ameno de leer y la prosa te involucra de lleno en sus viajes. Hasta cierto punto, es hasta algo contagioso su afición desmedida a la ornitología, casi me dieron ganas de ir corriendo a por una guía de campo. 
 

            Creo que, si bien este libro no hace ningún activismo y que, como digo, carece de ningún tipo de reflexión a propósito de aquello que presenta, hace una labor interesante y pone de manifiesto múltiples situaciones complicadas cuando no insostenibles para el medioambiente. A llevarnos de la mano por sus viajes nos enseña dónde está la devastación, qué podemos hacer (si se puede) y por qué es importante dejar de lado el cambio climático y actuar de forma contundente a nivel local.

 
            Aunque no coincida en muchos de sus planteamientos, esta compilación sugiere un debate interesante con el autor y una forma de conocer algunos problemas ecológicos de primer ámbito. Aunque el autor esté demasiado ocupado buscando un pingüino emperador como para reflexionar con nosotros, sí nos invita a mirar a través de sus prismáticos, nos permite sentir su desasosiego ante el cambio: la imagen que vemos a través de sus prismáticos nos permite mirar al abismo del destino y observar la proximidad de la muerte, arrebatándonos la esperanza de creer que no está ahí.



Opinión: Si no tienes en cuenta el doble rasero y el tono derrotista es un texto ameno. 
Título original: The end of the end of the Earth
Año de publicación: 2019
Nacionalidad del autor: Estados Unidos.
Género: Ecología y medio ambiente
Extensión: 288 páginas.
Dificultad de lectura: Fácil de leer.
Temas: ¿Hay marcha atrás en el cambio climático?¿Hay algo que podamos hacer para preservar las especies?
Goodreads: El fin del fin de la Tierra




Publicar un comentario