Paul Auster decía en Un hombre en la oscuridad que los grandes directores saben utilizar objetos inanimados para expresar emociones humanas. La magia de la imagen y del lenguaje cinematográfico consiste en eso, en saber decirlo todo sin decir articular ninguna palabra, en poder plasmar el mundo interior de un personaje en una imagen breve — y conseguir que sea desgarrador—.
Lampedusa consiguió entre estas páginas hacer un uso del lenguaje tan excepcional que puede contarlo absolutamente todo sin decir nada. Los paisajes son terriblemente humanos, los objetos invocan con su sola presencia los secretos más profundos y los personajes se dibujan a sí mismos con apenas unos gestos sutiles. La identificación entre objetos y sensaciones alcanza tal punto que las emociones sólo pueden ser plasmadas por la evocación de dichos objetos (como es el caso del perro Bendicò — que como indicó el propio Lampedusa es casi la clave del libro—).
Hay algo, no obstante, que me irritaba desde el
principio de la novela, algo que cuanto más pasaba las páginas más me molestaba,
y es el hecho de que en El Gatopardo
no ocurre absolutamente nada. ¿Realmente hay conflicto en la novela? ¿Hay algún
tipo de evolución en los personajes, la consecución de algún objetivo final y
más elevado por éstos? Cuanto más leía más me perdía intentando encontrarlo y
más frustración me causaba.
Sin embargo, ahora creo que ésta es la clave del
libro, es la cristalización del tema de la novela: que nada cambia. Los hechos narrados en el libro son unas
cuestiones mínimas, carentes de importancia; sin embargo reflejan a la perfección el
universo estático de la familia Salina, donde nunca hay nada nuevo y donde nada
cambia.
La inmovilidad de los personajes es una manifestación más del estatismo de la sociedad siciliana y una forma de resaltar el núcleo central de la novela: los intentos por sobrevivir de una aristocracia feudal que no quiere renunciar a sus privilegios y que observa, desde la distancia, cómo la sociedad se convulsiona mientras la burguesía pugna por alzarse entre las ruinas de su clase. Es una nobleza que languidece, que se pasea por las estancias polvorientas y por los pasillos desiertos e inexplorados de sus propias mansiones, ajena al desastre y que, sin embargo, ya vive el declive de su época. Una clase social que sólo puede dejarse morir o intentar dejar atrás el deterioro que la carcome y aliarse con las nuevas clases emergentes.
«¿Qué gobiernos nacionales, provinciales, locales... pueden mantener a una ciudad como Nápoles, la tercera más poblada de ese país europeo de vanguardia, cuna de nuestra civilización, que es Italia, en semejante estado de postración y abandono? ¿Dónde está la virtud de esa situación para los napolitanos? ¿Cómo se puede encontrar belleza en ese feísmo generalizado y desgarrador.
¿Cómo, en base a qué criterios, alguien puede alabar ese estado de desorden y abandono y mencionarlo como auténtico o popular. Sólo con una elevada dosis de cinismo».
El Gatopardo no es una novela que meramente se recree en la reconstrucción de acontecimientos históricos; refleja una atmósfera social y un clima moral que enclaustra a la clase social de los protagonistas. La sociedad siciliana está anquilosada y recluida en sus buenas costumbres y no es ya más que un reflejo caduco de un pasado al que ya no pueden volver.
«Los sicilianos jamás querrán mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos; en ellos la vanidad es más fuerte que la miseria; toda intromisión de extraños (…) es un ataque contra el sueño de perfección en que se hallan sumidos, una amenaza contra la calma satisfecha con que aguardan la nada».
La escena del baile de salón encauza todos estos
pensamientos que se han reflejado en el libro hasta ese punto: la decadencia,
el vacío, la distancia, el inmovilismo, la pérdida y la muerte. Creo que es
difícil encontrar un libro que consiga cristalizar tantas sensaciones en una
sola escena y de una manera tan sutil y al mismo tiempo dramática. Con el baile
manifiesta la fugacidad de las cosas; es como percibir el brillo del pan de oro
de las paredes a través del brillo de una copa, y que al bajarla contemples que
está deslucido y no era más que una ilusión. Ésa es la época que vive Don
Fabrizio, un momento de su vida donde los placeres no son más que cenizas.
Creo que la calidad literaria
de la novela está más que justificada: el hecho de que el autor sea capaz de
decir tantas cosas con apenas un gesto, en apenas un segundo (la escena de
Concetta y Bendicó) refleja una capacidad magistral para plasmar y transmitir
las emociones… pero no creo que sea una lectura recomendable si no eres un
lector apasionado de las sutilezas. Si buscas acción (del tipo que sea) creo
que puede aportarte bien poco, aparte del contorno que dibuja a la perfección un momento histórico crucial.
Si por el contrario disfrutas
con los esbozos que puede generar el lenguaje y aprecias la perfección estética
de las descripciones, El Gatopardo
puede proporcionarte un buen rato (carente de sobresaltos, eso sí).
Valoración: Excelente.
Título original: Il Gattopardo.
Autor: Giuseppe Tomasi di Lampedusa
Año de publicación original: 1959
País en que se ambienta: Italia.
Género: Novela histórica.
Extensión: 375 páginas.
Autores con obras similares: Junichiro Tanizaki

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